martes 7 de julio de 2009

Tres historias de terror

Ayer entregué la nueva novela que he escrito. La novela incluye un cuento sobre un hombre que no existe. Es un hombre que vive en un país que tampoco está claro que exista, porque la verdad es que aquel país apenas aparece en la televisión. El hombre del cuento quiere huir de su país porque hay países que existen demasiado. Existen tanto, tanto, que resultan imposibles, pero él no lo sabe y quiere ir a uno de esos países. 

Ese hombre, como otros muchos que sí salen en los telediarios aunque lo hacen lejos de su país inexistente, quiere viajar a ese país que sí existe para ver si, de este modo, él también es capaz de existir. Ignora que la mayoría de sus compatriotas existen en la tele precisamente cuando dejan de existir fuera de ella porque si aparecen en la tele es porque están muertos.

El hombre que no existe cruza un desierto, y luego se mete en una barca llena de gente que no cabe, y paga mucho dinero a un tipo, y peligra que la barca zozobre, y algunos mueren de sed, y luego llega otra barca con luces, y unos piden auxilio, y otros dicen que ése será el final de su viaje, y hay quien cae al mar y se ahoga. Y al final, el hombre que no existe consigue llegar a una playa, y sabe que tiene que ocultarse, y sabe que tiene que dirigirse a una ciudad llamada Barcelona. Barcelona es una de esas ciudades que parece que existan más de lo que existen en realidad. Y el hombre que no existe lleva algo más de dinero en el bolsillo y una dirección en la cabeza que se sabe de memoria. Y en cuanto llegue a esa dirección, le abrirá la puerta el primo de un primo suyo que, a cambio de algún dinero, le dará trabajo, y sólo por eso el hombre que no existe viaja de noche en los camiones de ganado.

Nadie sabe cuánto tiempo dura el viaje de ese hombre, porque ese hombre no existe. Y cuando finalmente llega a la dirección que se sabe de memoria, llama a la puerta y oye la voz de una chica. No esperaba oír una voz. Mucho menos de una chica. Esperaba ver al primo de su primo. Esperaba que ese hombre se hiciera cargo de él. Pero no. Lo intenta varias veces, en vano. Llama y llama y llama a la puerta de aquella casa. Sólo oye la voz de aquella chica y no sabe qué hacer. No sabe qué decir. Por eso no dice nada.

La chica le pregunta quién es, pero él no entiende la pregunta. Aunque la entendiera, no podría contestar porque no es nadie. No existe.

También ayer recibí un e-mail extraño. Era de uno de esos amigos del Facebook que no existe más allá del Facebook. Uno de ésos a los que agregas porque sí. Yo agrego a todo el mundo porque tengo curiosidad por saber qué hace la gente, qué le gusta más, exhibirse o espiar. Los agrego y me exhibo y los espío.

Hace un par de meses, ese amigo invisible me escribió otro e-mail para decirme que me había visto en la inauguración de una exposición, ahora no recuerdo si de Catalina Estrada o de Tim Biskup. Le contesté que la próxima vez que me viera al otro lado del ordenador me lo dijera a la cara. A mí me gusta hablar las cosas cara a cara. Contestó que es tímido.

Ayer me envió un nuevo e-mail en el que ponía: "¿Has recibido un paquete de la editorial Periférica?". No entendí a qué se refería. Conozco al editor de Periférica y sé que está en Cáceres, y pensé que, si aquel amigo anónimo del Facebook trabajara en aquella editorial, yo lo sabría. Era raro que me hiciera esa pregunta. ¿Cómo sabía que me habían enviado un paquete de Periférica? Él insistió: "Esta mañana he tenido ese paquete en las manos, la dirección era la de tu casa".

Bajé corriendo al buzón y, efectivamente, ahí estaba el paquete. Lo abrí. Era 'El agrio', de Valérie Mrejen. Lo más curioso es que hace dos mese arranqué mi nombre del buzón.

Por la noche quise celebrar que había entregado mi nueva novela. Fui a cenar con mi amor sobre ruedas, me invitó al Tantarantana, estábamos en la terraza trasera, y comí nero de sepia con chipirones y tomates secos, brindamos con vino blanco, bebimos y sonó el teléfono. Mi móvil se jodió hace unos días y ahora tengo un Nokia muy antiguo de color gris con puntitos blancos, diseño retrofuturista total, que suena como los zapatomóviles o los troncomóviles y mola mazo. 

En fin, que sonó el teléfono y contesté, y al otro lado alguien preguntó: "Quién tú eres?". Y yo respondí: "¿Y tú?". Y fuera quien fuese el que estuviera al otro lado se rió y dijo: "Yo pienso ecovogado, perdona tú me, yo ecovogado creo". Le dije: "No te preocupes". Y él: "Perdona tú me, gracias, adéu". Colgó.

Su acento era el de alguien que no existe.

Ahora suena el timbre de casa. Una vez, y otra. Y otra más. Y me pregunto si quien lo toca es uno de esos dos hombres que no existen: el amigo anónimo de Facebook que intuyo que además es el cartero de mi barrio, o el personaje de ficción que huyó para no llegar a ninguna parte. 

El timbre suena y yo miro el auricular del portero automático sin decidirme a levantarlo, llevármelo a la oreja y preguntar quién es. 

No sé lo que me da más miedo. Sobre todo cuando descubro que lo que más me asusta es cualquier otra posibilidad.

jueves 2 de julio de 2009

El cementerio de hormigas


Echo de menos a mis hormigas.

Llegaron a casa hace unos meses, atraídas por el dulce olor de la miel que tenía en el armario de la cocina. No eran muy organizadas. Es decir: no iban en fila india dibujando ese poema de Salvat-Papasseit que aparece en una fachada del Born y que dice "Camí del sol · per les rutes amigues · unes formigues". 

A mí me gusta ese poema, porque siempre he pensado que mis cuadernos manuscritos están llenos de arañas que corretean por sus páginas. Y en el poema de Salvat-Papasseit las letras no son arañas, sino hormigas que pasan en fila india junto a una flor que parece un trébol de cuatro hojas y junto a otra en forma de estrella, y creo que a eso se le llama un caligrama.

Pero, como digo, las hormigas de mi cocina no iban en fila. Aparecían aquí y allá, desperdigadas, bastante perdidas. A veces también aparecen aquí y allá en el lavabo del cuarto de baño, aunque esté limpio. Y me pregunto qué buscarán. ¿Un rastro de jabón? ¿Los restos de pasta de dientes para lavarse las pinzas o eso que tengan las hormigas en la boca?

Las hormigas de mi cocina parecían perdidas, pero sabían perfectamente adónde iban: al bote de la miel. Me di cuenta un día que estaba muy resfriada, me dolía la garganta y quise hacerme, pues eso, un tazón de leche con miel. Decir esto en pleno verano suena surrealista; pero surrealista de película de terror. Incluso suena un poco gore. Imaginarse ahora un tazón de leche caliente con miel es peor que imaginarse un zombie destripado que llevara sus intestinos en brazos como en Cien años de soledad, creo que era. 

En fin, que entonces yo tenía frío, me sentía enferma y quería entrar en calor y tomarme la leche bajo las mantas en el sofá viendo cualquier porquería que echaran por la tele. Cuando, de repente, vi dónde estaban todas aquellas hormigas que yo había dado por despistadas y extraviadas. Estaban en el bote de la miel.

"A un panal de rica miel cien mil moscas acudieron que por golosas murieron presas de patas en él", aprendí en el colegio. Y recuerdo que, en aquella casa que mis abuelos tenían en el campo, unas tiras pegajosas pendían de las lámparas. Las moscas se acercaban a aquellas tiras asquerosas y ahí se quedaban, primero moviendo frenéticamente las alas, hasta que éstas también se quedaban adheridas a la tira pegajosa. Y así morían las moscas, agonizantes en una tira colgada de la lámpara que estaba justo encima de la mesa del comedor, mientras nosotros nos zampábamos un tabulé y un pollo al curry.

Cuando vi el bote de miel lleno de hormigas, mi primer impulso fue tirarlo a la basura. Pero luego pensé: si las hormigas van al bote de miel, no irán a otros lugares de la casa y no molestarán. Además, se quedarán para siempre dentro del bote porque tiene un mecanismo muy hijoputa, en plan embudo, por el cual es fácil entrar, pero difícil encontrar la salida. Por si fuera poco, es prácticamente imposible para una hormiga librarse de una piscina de miel.

La cuestión: que dejé el bote en el armario, y cada día iban nuevas hormigas en busca del Dorado. Me imagino que la hormiga reina debió decirles: cuenta la leyenda que existe un lugar donde se encuentra todo el alimento que necesitamos, más todo el alimento que necesitarán nuestros hijos, más todo el alimento que necesitarán los hijos de nuestros hijos. La putada es que nadie ha sido capaz de regresar.

Un hormigo listillo le contestaría: ¿y cómo sabemos que la leyenda es cierta, si nadie ha vivido para contarla? Y bueno, el resto está en Ramón J. Sender y en las películas Antz y Aguirre, la cólera de Dios. También estaba en el armario de mi cocina.

Todo iba bien, hasta que llegó un amigo de Madrid a pasar el fin de semana. Abrió el armario, vio el bote de miel, las hormigas en el bote y dijo: pero qué coño es esto. Le conté mi teoría, que mientras las hormigas fueran a ese bote no estarían molestando por la casa y no habría peligro en el caso de dejar olvidadas unas migajas de pan sobre la mesa, por ejemplo, o los platos por fregar.

Mi amigo interpretó que, en realidad, ésta era la manera que tenía yo para no sentirme tan sola en casa. Primero tuve duendes, luego una gata que no era mía, hay zombies en la trampilla, saludo al señor Fregono todas las mañanas (hoy ha regado las plantas mientras tendía las sábanas)...

... hormigas era lo que me faltaba. Que ni siquiera son hormigas: son fantasmas de hormiga, porque como se mueren en el bote, ahí se quedan encerradas sus almas. Cuando mi amigo de Madrid se fue, me dejó escrita una carta muy larga y muy bonita en la que, resumiendo, ponía que soy un auténtico desastre.

A mí me parecía lógico tener el bote de la miel lleno de hormigas, y se lo comenté a mi madre y también le pareció lógico: buena idea, me dijo, así las hormigas irán todas allí y estarán localizadas. 

Pero un día vino mi amor sobre ruedas y vio las hormigas pululando por el armario y dijo, qué guarrada es ésta, y tiró el bote de miel a la basura. 

Lo más extraño es que, desde entonces, no hay hormigas en casa. Yo creí que, si dejaban de ir al bote de miel, empezarían a ir a todas partes. Pero no. Ni siquiera hay hormigas en la cocina.

Reconozco que los días que me siento sola, como hoy mismo, las echo un poco de menos. Nunca fueron muy trabajadoras, pero aventureras lo eran un rato. En paz descansen.

lunes 29 de junio de 2009

La boda de mi mejor amigo





En la redacción del diario no nos dejaban titular los artículos con nombres de películas o de canciones. Él era muy bueno titulando. Se le ocurrían unas chorradas impresionantes. Como el delitornillador, por ejemplo. Un chorizo se había armado con un destornillador para atracar un banco. Y así tituló él el reportaje: "El delitornillador". Nosotros sí que nos desternillábamos de risa.

Se pasaba horas pensando el titular porque, hasta que no lo tuviera, no empezaba a escribir la noticia. Y yo, que en aquella época vivía con él, esperaba a que acabase porque así me llevaba en coche a casa. Me pagó el carnet de conducir y todavía no me lo he sacado. 

Salíamos del diario pasada la medianoche y comprábamos la cena en un frankfurt cercano, salchichas con nombres alemanes, pollo rebozado, patatas y salsa picante, un montón de cervezas. Hablábamos de trabajo, de los compañeros de trabajo y de la mierda que nos pagaban por el curro que le dedicábamos al trabajo.

Él recuerda que discutíamos a menudo; yo no recuerdo ninguna de nuestras discusiones. Subíamos agotados estas mismas escaleras que subo todavía a diario, y nos tirábamos en el sofá a ver cualquier parida por la tele. Entonces echaban la serie ésa del novio de Patricia Conde. Se llamaba Cuenta atrás, o algo así. Teníamos la teoría de que habían fichado a los peores actores del mundo para que el chico no hiciera tanto el ridículo. De hecho, creíamos que les pagaban para que lo hicieran mal a propósito.

Bueno, podría decirse que éramos algo así como felices de una manera bastante proletaria. Pero nos faltaban emociones y teníamos una manera totalmente distinta de emocionarnos: a él, que cubría sucesos, le pone tener hijos y tener una familia. A mí, que hablaba de literatura y temas aparentemente suaves... la verdad es que no sé qué me pone a mí. 

La cuestión es que cortamos sin dramas, porque a mí los dramas me aburren (de hecho, pongo los que salen en Antena-3 para dormir la siesta los domingos). Y, en fin, continuamos viéndonos en el trabajo. Él ya no se curraba los titulares tanto como antes, yo no me quedaba a esperarle...

...y hace un par de semanas, se casó. Con otra.

En Semana Santa anuncié la boda a mi familia. Estábamos en el reservado de un restaurante, somos 35 y a mi abuela ya no le apetece cocinar para tantos. Mi abuela tiene 89 años y se fuma un paquete de tabaco negro a diario; Record de la caja verde. Está como una rosa, su foto debería salir junto a esos pulmones podridos que quieren imprimir en las cajetillas, rollo: "Fumar puede matar. O no".

Pues eso, que comíamos lo que se come en Semana Santa, que es frit mallorquí, croquetas, cordero o porcella a elegir, a veces sepia. Y bueno, decidí dar la noticia: mi ex se casa con otra. 

A ver, por entonces hacía un año y medio que habíamos cortado. Y precisamente un año y medio es el tiempo que pasamos juntos. Todo muy raro.

Mi primo, que lo adoraba, se quedó lívido. Dijo que quería ir a la boda. Y la mujer de otro primo mío (somos 16), que además es la cuñada del que se quedó lívido, respondió que su obligación era acompañarme y ligarse a la novia. El problema es que el pobre tenía exámenes (primer año de carrera en Barcelona), y claro, el plan le iba un poco mal. Por cierto, hoy ha aprobado Álgebra, que no sé ni lo que es, pero mola.

Mi abuela, que también adoraba a mi ex, dijo: qué lástima, ese chico siempre sonreía, además era un poco franquista, verdad? Y la mujer de mi tío, que es capitán general de ejército, estuvo de acuerdo: ese chico nos gustaba.

Una prima mía preguntó que si yo iría a la boda. Respondí que sí, que me habían invitado. Puso los ojos en blanco y confesó: "Si yo fuera la novia, no me haría ni puta gracia que vinieras. No porque seas la ex, sino por ser tú. Nadie en su sano juicio te querría como la ex de su marido". Flipé un poco, la verdad. Juro que no soy tan mala.

Y bueno, pasaron los meses. Y reconozco que estaba un poco inquieta porque no sabía con quién podría ir a aquella boda, ni qué sentiría al verlos vestidos con traje él, a ella de blanco, y todas esas cosas típicas que a mí me revientan tanto. Además: ¿cómo vestirse para una ocasión así? No podía ir de largo porque me parecía exagerado; de corto tampoco, porque daría la impresión de que no me lo estaba tomando en serio.

Llegó el gran día y fui muy bien acompañada al autocar que nos llevaría al lugar en cuestión. Ahora que lo pienso, mi acompañante y yo ya estábamos enganchados al Drop7, un juego terrible que tiene el iPhone capaz de abducirte durante horas. Una mierda. Mi acompañante jugaba al Drop7 en el autocar, yo no podía porque me mareaba, y confesó estar muy nervioso. Pensé en ello de camino a La Roca; yo no estaba nerviosa en absoluto. Muy raro todo, en serio.

Pasamos por aquella misma autopista en la que casi me bajé del coche de mi ex, el primer fin de semana que pasamos juntos, cuando descubrí un disco de Andy y Lucas en la guantera. Me acordé de otras escapadas que hicimos durante el año y medio que estuvimos juntos. Y llegamos a la casa.

Era una de aquellas masies de piedra, grande y preciosa, que por dentro olía a madera barnizada y a libros que acumulan polvo, y que por fuera cubrían unos árboles muy altos de esos que seguro que pierden todas las hojas en invierno. Me imaginé a la novia de pequeña: tiene que ponerse el pijama en su habitación, hace frío y seguro que se acerca mucho a la pared por donde pasa la chimenea, tal vez tuvieran uno de esos calefactores de aire absurdos en las casas grandes.

También me la imaginé aquella tarde, después de dar el sí quiero; se habría emborrachado a la hora de comer y habría caído rendida sobre la cama de toda la vida, las sábanas huelen a suavizante. Habría dormido un par de horas para recuperar fuerzas. La vi contenta y un poco despistada, tras una siesta de ésas que, junto a un par de Gelocatiles, te quitan la resaca.

Podría hablar del jamón y de los canapés de sushi y de solomillo, o de aquellos amigos que alguna vez fueron más o menos amigos míos. Podría hablar de José del bar, o de Héctor el padrino, o de una conversación sobre libros y editoriales que tuve con un chico de nombre bíblico cuya mujer tiene un nombre de la mitología griega. Podría hablar de una chica que está como una cabra y que también dio con un buen título para un reportaje que salió en La Vanguardia.

Saludé a la madre del novio y se me hizo raro. Saludé a su hermana y no fue para tanto. Podría hablar de la madre de la novia, demasiado perfecta para ser una madre, o de su padre, demasiado padre como para no preocuparse. 

Podría hablar de la música con la misma propiedad con la que hablaría de Andy y Lucas.

Pero no puedo hacerlo porque, en un momento de la noche, sentadas en un banco junto a la piscina, el alcohol ya formaba parte de nuestro organismo y nos hinchaba la lengua, la novia me dijo algo parecido a: te leo.

En otras palabras: que lee este blog. 

Casi me dio algo. Tuve mucho miedo. Además, a ella le gustan Andy y Lucas.

Mi acompañante, que estuvo toda la noche sacándome fotos, dijo que mi ex es un poco condescendiente. Lo dijo de buen rollo, porque mi ex sólo tenía bonitas palabras para mí y bonitas palabras para él, aunque sea un skater y me haya apuntado al Bicing. De hecho, mi ex dijo: "Qué cabrona eres, has venido a mi boda con un tío más guapo que yo". 

Mi ex quiere que me case con él (con mi acompañante), y también quiere que vayamos un día los cuatro a cenar por ahí, y que seamos amigos. Y a lo mejor también quiere que montemos una orgía, pero eso no lo dice directamente.

El año y medio que estuvimos juntos, mi ex siempre creyó que estaba enamorada del ex que tenía entonces. Ayer me enteré de que ese señor está saliendo con una jueza. Y en lugar de ponerme celosa o de cabrearme, o de pensar que todos mis ex se casan con la siguiente, o de intentar recuperarle, o de despertar un oculto sentimiento de posesión, me he alegrado. Joder, creo que me está pasando algo.

Esta noche, mi amor sobre ruedas, el de los skates y el bicing, el que me acompañó a la boda, ha soñado que le chupaba los pies a mi ex. Al de ahora. Al que se casó.

Por eso creo que no me expreso bien o que lo hago a destiempo. Mi madre siempre dice que, cuando hay un problema de comunicación, la culpa siempre es del emisor; él es quien debe ponerse a la altura del receptor y del canal.

Supongo que el consejo de mi madre me habrá servido para la cosa ésta del periodismo, pero para poco más. Ni siquiera sé cómo titular este post si no es recurriendo al título de una película.

Sin duda, a él se le ocurriría algo más ingenioso.

Pero estoy segura de que no sería un título mejor.


martes 9 de junio de 2009

Mi primera experiencia (en Bicing)

El otro día me apunté al Bicing. Lo hice por amor. Por amor se hacen muchas chorradas y se dicen muchas chorradas, como por ejemplo "sí quiero", cuando en realidad no quieres ni de coña. O sea, sí quieres a la persona a la que le dices sí quiero, y por eso se lo dices, pero no quieres hacer lo que ella te pide, ni mucho menos quieres decirle que quieres hacerlo. Pero bueno, como lo haces por amor, pues eso: tienes una excusa o algo.

En fin, que yo no quiero casarme ni tener hijos y tenía un pacto con mis amigas por el que nunca, nunca, jamás, saldríamos con un tío que fuera en Bicing. Que un tío se presentara a una cita con la mierda ésa de bicicleta roja y blanca y hortera era motivo más que suficiente para enviarlo a la mierda. Nunca en la vida se me habría ocurrido enamorarme de un tío que fuera en Bicing. Tampoco se me hubiera ocurrido enamorarme de un tío que hiciera surf. Lo último es que, encima, vaya en monopatín.

Eso ya es la hostia, un puto skater. Que yo soy una intelectual, joder. Que tengo un blog secreto, y una reputación, y una larga lista de hombres supuestamente interesantes con los nunca volveré a follar, y una novela publicada y mucho trabajo. No puedo perder mi valioso tiempo con tipos que tienen hobbies que se pronuncian en inglés.

El problema es que, en el año que hace que nos conocemos, él no me dijo que hacía surf e iba en skate hasta que ya era demasiado tarde. Lo de que era usuario del Bicing lo descubrí sin que me lo dijera. Y era demasiado tarde de todos modos.

Un día -evidentemente estábamos en la cama- intentó convencerme para que yo también me apuntara a eso del Bicing. Le dije que ni de coña, que prefería quedarme embarazada y que nos casara el Papa a hacer semejante vulgaridad. Pero aquella misma tarde me sorprendí preguntando a mis amigas si me retirarían la palabra en el hipotético caso de que me apuntara a eso del Bicing. Contestaron que la respuesta era tan obvia que resultaba estúpido formular la pregunta. Inmediatamente después se encendieron un cigarro en plan histérico, rollo: ésta nos falla.

Fallé a mis amigas, y el domingo por la mañana me metí en la puta página del ayuntamiento de Barcelona para darme de alta en el Bicing, entre lágrimas y quejas. La teoría es que pagas 30 euros anuales y puedes utilizar una bici del Bicing tantas veces como quieras, pero:

Si superas la media hora con la misma bici, te cargan 50 céntimos. Y te irán cargando 50 céntimos cada media hora que pase, hasta que se cumplan las dos horas. Entonces no sé qué ocurre, pero seguro que es terrible: Colón te mete el dedo en el ojo, la torre Agbar te parte el ojete, o algo todavía más chungo.

Como se supone que el Bicing es un medio de transporte, pero no de turismo, transcurrida media hora hay que dejar la bicicleta en uno de los múltiples aparcamientos del Bicing que se esparcen por Barcelona. Al cabo de 10 minutos, puedes coger otra bicicleta si todavía no has llegado a tu destino. La putada es que, con media hora miserable, los que vivimos en el extrarradio no tenemos tiempo ni de llegar a la panadería. Y si tengo que parar diez minutos a esperar, se me va a enfriar la baguette.

Lo peor: que como aparques mal la bici y se pase 24 horas por ahí suelta, te clavan una multa de 150 euros. Ya ves tú. Y qué garantías tienes de que el ayuntamiento no se inventa que la has aparcado mal para ir recaudando pasta por el morro.

Hasta aquí, la teoría.

El domingo fui a comer a Gràcia con el único hombre con quien la palabra "maravilloso" no me parece cursi. Y, cuando acabamos, me propuso que volviéramos a casa en Bicing para demostrarme hasta qué punto había aumentado mi calidad de vida desde que me había dado de alta en el servicio aquella misma mañana en un arrebato de pasión.

Todavía no me había llegado la tarjeta de usuaria a casa, pero él se ofreció a ir en skate mientras yo utilizaba su tarjeta para pillar una bici, aunque esas tarjetas en realidad son personales e intransferibles y se supone que no puede utilizarlas nadie más que uno mismo. Claro.

La cuestión: que vamos al aparcamiento de la plaça del Sol, y las cinco bicicletas que estaban aparcadas por lo visto se encontraban en malas condiciones y no se podían utilizar. Bueno, una pantalla indica dónde se hallan los parkings más cercanos y cuántas bicicletas hay libres. En las tres posibilidades que nos ofreció esa puta pantalla ponía: 0 bicicletas disponibles.

La pregunta que yo me hago es: para qué coño sirve saber dónde está el aparcamiento más cercano si no hay bicicletas disponibles? Pero como estoy enamorada y eso, intento mantener la calma, y voy caminando junto a mi surfer (que arrastra el skate como si fuera un perrito) hasta otra parada de Bicing. Y hasta otra. Y otra. Y otra. Y así.

Con siete parkings nos cruzamos de camino a casa, y los siete resultaron inútiles. Ya en Hospital Sant Pau (llevábamos media hora caminando), le dije a mi amor sobre ruedas: "pillamos metro".

Siempre he tenido la teoría de que los barceloneses son capullos, y el domingo corroboré que la teoría es cierta. Porque, a ver: si tú pagas por un servicio, ese servicio tiene que funcionar, no? Y si no funciona, puedes reclamar para que te devuelvan el dinero, o poner una denuncia. Pero ahí está el puto Bicing, el invento más absurdo y descarado del ayuntamiento de Barcelona para chupar pasta. Y nadie se queja. Todos dicen: qué bonito, qué verde, qué ecológico y qué moderno. Cuando, en realidad, al final no te queda más remedio que soltar la pasta del billete de metro e ir bajo tierra como las lombrices. Una puta basura.

Tú le dices a un barcelonés: pero ¿no ves que es un timo? Y él te contesta: es que, claro, la ciudad está en pendiente, y en las zonas altas no hay bicis porque la gente las pilla para bajar hacia el mar, pero luego nadie se atreve a subir, que pedalear cansa.

A diferencia de los parkings de Gràcia, los de plaça Catalunya, el Raval y el Gòtic siempre están llenos, con lo cual, no puedes aparcar la mierda de bicicleta. Con lo cual, transcurre la media hora inicial y el ayuntamiento te cobra 50 céntimos, y como no encuentres un sitio libre al cabo de media hora, el ayuntamiento te cobrará otros 50 céntimos. Hasta que Colón te saque un ojo o algo peor.

El domingo recordé por qué no quería apuntarme al Bicing: porque soy inteligente y a mí no me toma el pelo ni la peluquera. El problema es que no he perdido pelo, sino la razón. El corazón me lo han robado con la misma impunidad con la que me ha robado 30 euros el ayuntamiento de Barcelona.

Cuando por fin consiga ir en bicicleta por esta ciudad, me daré cuenta de lo bonito que es todo. Me daré cuenta de lo feliz que soy.

Entonces me dará igual.

jueves 21 de mayo de 2009

Síndrome de Estocolmo

Estoy secuestrada. Desde aquí oigo el mar y los pájaros. Me han encerrado con la única compañía de este ordenador y una nevera llena de cervezas. De vez en cuando, mi ordenador capta una señal de WiFi. Aprovecho que la señal de WiFi tiene tres barras de conexión para enviar este mensaje. No es un mensaje de socorro. Que nadie me rescate.

jueves 16 de abril de 2009

Niños perdidos

A veces me siento en la plaza que hay debajo de casa. Es una plaza peculiar. Alguien le arrancó una esquina. La plaza está rodeada de arcos, menos en una de sus esquinas. Ahí sólo hay un bloque de pisos color salmón. 

Los demás edificios de la plaza son bajos, de dos plantas. Una de las casas está partida por la mitad. La ventana está dividida en dos. Ambas mitades se venden. En los carteles aparecen distintas empresas, y distintos números de teléfono.

Me siento en el banco y observo la fuente. Miro cómo juegan los niños alrededor de la fuente. Intento que me gusten. Miro a esos niños y me interesan tanto como las personas que se llaman adultas. No veo muñecos, como ven muchas madres en sus propios hijos, no veo en ellos a unos seres encantadores, ni me apetece achucharlos ni nada parecido. 

Uno le lanza un globo de agua a otra, el globo se rompe y salpica, una patina sobre unos patines de línea, cinco le dan patadas a una pelota, aquella llora y aquella otra está a punto de caerse de la bicicleta. Y qué.

Qué se supone que tendría que sentir. Por qué la gente dice que son tan monos, y les hace carantoñas en el vagón del metro, y por qué las mujeres aseguran que ya me llegará el instinto, y por qué santo coño tendrían que gustarme los putos niños.

Tengo un montón de primos. He hecho de canguro a unos cuantos. En tercero de BUP, me lo tomé en serio: fui monitora en un centro de acogida infantil. Iba los lunes, tres horas. Tenía ocho chavales a mi cargo; estudiaba con los mayores, bañaba a los más pequeños. Algunos pasaban la noche con sus padres; otros pasaban el fin de semana con ellos. La mayoría, ni eso.

No lloraban nunca. Recuerdo aquella niña perdida que nunca crecería. Estaba en el patio cuando llegué, y creí que se había disfrazado de mapache. Hice alguna broma al respecto, le dije: venga, que tenemos que subir, se hace tarde. Acababa de cumplir dos años. Era muy pequeñita, casi cabía en la palma de mi mano. En cuanto me acerqué, vi que no se había pintado, no se había disfrazado de mapache: le habían puesto los dos ojos morados.

También recuerdo aquella vez que bañé a Toni. No era la primera vez que lo bañaba, pero sí fue la primera vez que vi golpes en su espalda, tenía hematomas en las piernas, arañazos en los brazos, siete años. Le pregunté que cómo se había hecho eso. Respondió: "Me caí en la calle del Socorro".

Pasé dos años en aquel centro, todos los lunes, tres horas. Intentaba sentir cariño, intentaba sentir amor; como mínimo, compasión. Sólo conseguía tenerles afecto. He olvidado los nombres de casi todos. Había cuatro hermanos, dos chicos y dos chicas, sus padres no querían ocuparse de ellos. Una pareja adoptó a la más pequeña. Antes he mentido: aquel día lloraron.

Estoy en la plaza, debajo de casa, y sería muy sencillo interpretar que estos niños son felices. Lo parecen, porque juegan. Todos solemos decir que éramos felices, de pequeños; pero olvidamos que entonces, aunque fuera porque nos habían castigado sin tele, aquella nos parecía la más cruel de las desgracias.

Mi primera amiga fue invisible. No tenía nombre porque yo era plenamente consciente de que no existía. Mis hermanos sí eran reales, aquella amiga no era ni rubia ni morena, ni alta ni guapa ni fea. Era invisible. No era. Yo caminaba por el campo arado, los pies llenos de tierra, se me torcían los tobillos y le anunciaba en voz alta lo que íbamos a hacer: ahora iremos a ese algarrobo, y subiremos y tú fíjate bien y ya verás como los gallos gritan socorro. 

Socorro otra vez.

A mi segundo amigo lo conocí telepáticamente. Creo que se llamaba Marc, o Marcos, o Mark, y puede que viviera en Madrid. Me sentaba en un rincón del patio, a la hora del recreo, debajo de una de esas moreras que pringaban tanto. En el colegio, dábamos de comer sus hojas a los gusanos de seda que apestaban en una caja de zapatos; las flores de ese árbol nos las comíamos nosotros antes de que se abrieran. Ignoro si eran comestibles.

A la hora del recreo, me sentaba debajo de una de esas moreras alejadas del campo de fútbol, y me concentraba mucho, mucho. Y entonces hablaba con Mark. Yo tendría unos diez años, él unos doce. Era rubio, me lo dijo. Y eso es lo poco que recuerdo: su edad, el color de su pelo, su nombre. Ni siquiera estoy segura de que fuera de Madrid. 

De pequeña, me daba mucho miedo ir a Madrid. Creía que el avión se estrellaría, que ETA habría puesto un coche bomba que estallaría a mi paso. Años más tarde, le conté esto a un desconocido y me miró con horror. Dijo: un niño no piensa en la muerte, tú no has tenido infancia.

A veces, por las noches, soñaba con mi amigo telepático. Supongo que estaba muerto. Mi amigo Lou dice que los sueños son el lenguaje de los muertos.

Los niños de la plaza están vivos como la fuente. Y saltan y chillan y corren y vienen a hablar conmigo. Soy incapaz de ver a los niños. En ellos sólo veo personas. Personas con sus problemas, sus alegrías, sus cosas. Siento por ellos lo que sentiría por cualquiera. Algunos me caen bien, a otros les daría de hostias. Odio a los críos, odio a los niñatos, me encantan los risueños y también los cascarrabias. Trato a los niños como trataría a cualquiera, sólo que no les invito a una cerveza.

La profesora llamó a mis padres. Mis padres preguntaron. No podía decirles que tenía un amigo telepático. Un compañero de clase era epiléptico y eso ya me parecía lo suficientemente complicado. Dije simplemente que los niños me parecían idiotas, por eso no jugaba con ellos.

Pero no se trataba de eso. Ojalá hubiera sido así, porque eso, por lo menos, habría resultado infantil.

Dos de ellos se han sentado conmigo y me hacen preguntas: ¿por qué estoy sola? ¿Por qué fumo, si es malo? ¿Por qué llevo el pelo tan largo? ¿Cuántas horas más o menos tardo en peinármelo? Se me ha roto el vaquero. ¿Tengo algún Pokemon? Se llaman Jordi y Marc. Tienen cinco años y medio.

Les pregunto qué quieren ser de mayores. Marc se encoge de hombros y suspira: "Tenemos tiempo para pensarlo". Es rubio.

Toni está en la cárcel. Mató a su padre.

A veces me pregunto si sé lo que es de verdad un niño. Creo que ni siquiera me consideré uno de ellos.

Tal vez todos los niños son amigos invisibles.

domingo 12 de abril de 2009

Beaufays


Provengo de una familia de burgueses belgas. Ignoro si los belgas existen, pero me consta que existen los burgueses. Mi madre estudió en París, vivía en los Champs-Élysées, ahí donde ahora está el hotel Maxim's, en la avenida Gabriel. Las hermanas de mi abuelo viven en una abadía, en un pueblo cerca de Lieja que se llama Beaufays. 

Tante Nenette es hipocondriaca, y sólo sale de la cama para reponer las flores de la capilla unos minutos antes de misa. Tante Nenette vive en el ala oeste de la casa, siempre lloriquea, y a mí me hace reír aunque pretende dar pena.

Tante Nicole vive en la parte central. Su marido era historiador, y de él heredó una cultura envidiable y una biblioteca infinita. Por las noches no puede dormir, le duelen las piernas. Camina. De día recoge tomates del huerto.

Tante Pierrette no ha leído un libro en su vida. Dejó de fumar, tendrá casi noventa años y, siempre que la visito, me enseña orgullosa cómo se toca con las manos la punta de los pies sin doblar las rodillas. Hace un par de meses, se casó una de sus hijas. Ella tuvo dolor de barriga durante la ceremonia. Un dolor muy fuerte. La llevaron a urgencias. Descubrieron que la noche anterior se había comido un pedazo de la ensaladera de cristal sin darse cuenta. Ella dijo: "Creí que era un trozo de pepino".

A veces voy a verlas. Duermo en casa de Tante Nicole. La casa huele a madera, a jamón ahumado y a café. Duermo en una cama alta, bajo un montón de mantas, hay casi cien habitaciones y las bañeras tienen patas. Mi cuarto está justo encima de la escalera que da al estanque.

Cada hora, suenan las campanas de la capilla. También suena el tictac pausado de los relojes de pared. Los cisnes murieron. Eran cisnes cabrones y negros.

Celebramos el centenario de la casa y del linaje cuando yo tenía trece años. Los burgueses son así: se reúnen de vez en cuando para comprobar que no hay errores en el árbol genealógico. Éramos más de setecientos. El árbol ocupaba toda la pared de un pasillo interminable.

En el árbol aparecía mi tía. También aparecía la hija de mi tía. Mi tío no. Mis tíos no están casados. A mi prima, en el árbol, le pusieron el apellido de su madre. Su padre, al ver eso, flipó. Todos los españoles flipamos. Y nos reímos un rato. Ils sont fous ces belges! Non, ils sont cons.

Mis hermanos y yo también aparecíamos, en una rama de color verde. Sólo teníamos el apellido mallorquín porque los belgas sólo utilizan el primer apellido.

Para conmemorar el centenario, se celebró una misa multitudinaria. Recuerdo que me escondí con mi prima Marie en las escaleras de Tante Pierrette. Tante Pierrette es la abuela de mi prima Marie. Nos escondimos en las escaleras, y oímos un ruido que venía de arriba. Nos asomamos temerosas por la barandilla, y vimos a mi primo Olivier, que también se asomaba temeroso, porque, como nosotras, se había escondido en la misma escalera para huir de aquella misa multitudinaria.

Estuvimos viendo la tele mientras los demás rezaban por nuestras almas. A otra prima mía la obligaron a tocar el arpa. 

Cuando voy a visitar a las hermanas de mi abuelo, me gusta el sonido de la gravilla bajo mis pies. Me gusta la cabaña que mi tío Vincent construyó sobre un árbol. No me gusta que para frenar con la bicicleta tengas que pedalear hacia atrás. Me gustan las conversaciones en la cocina con Tante Nicole. Me gusta ponerme las katiuskas. Me gusta que el retrato de mi tatarabuelo muerto sea la viva imagen de mi abuelo. No me gusta el vino caliente. 

Evidentemente, me gusta la cerveza.

Uno de mis primeros recuerdos es del jardín de aquella casa: unos desconocidos me saludan, me da vergüenza hablar con ellos, me escondo bajo la falda de mi madre.

Los belgas se casan enseguida. Los burgueses belgas averiguan tu apellido, lo buscan en un libro, y si está, también se casan.

De vez en cuando, nos llega un e-mail con los datos de todos los miembros de la familia. Esos datos incluyen dirección electrónica y postal, y estado civil de cada uno. También incluyen los datos de nuestros cónyuges y nuestros vástagos.

Los burgueses catalanes son distintos. Los burgueses catalanes se jactan de haberse educado por encima de la Diagonal. Las noches de fiesta se divierten contigo, tú también te diviertes. Prometen que te llamarán. Y estoy segura de que, en el momento en el que te lo dicen, tienen la intención de cumplir su promesa.

Pero luego sale el sol, ven la luz, y saben que tu apellido faltará en un libro no escrito. Aprendí muy pronto que no hay que esperar. 

También aprendí que no es lo mismo un burgués que un pijo. 

Un día recibí carta de un primo lejano, un primo belga al que no recuerdo haber visto. Decía que había comprobado que estaba soltera, que si quería casarme con él.

Me educaron para que comiera con la espalda recta, mantuviera ambas manos sobre la mesa y supiera utilizar cada uno de los cubiertos, masticara con la boca cerrada. Me educaron para que dijera por favor, perdón y gracias.

A veces, tras una noche divertida, lo olvido, pero me alegro de haber perdido todo lo demás.